Entretejiendo la Vida y el Arte

En Estados Unidos, mientras estudiaba allá, tuve la oportunidad de trabajar con la más alta tecnología, expresándome en el lenguaje de las urbes globalizadas: podía extender mi búsqueda por los caminos que los artistas contemporáneos internacionales recorrían... pero algo en mi interior quedaba vacío, había una necesidad de volver a la tierra, a los valores humanos del principio de los tiempos, a la comunión con los materiales arquetípicos.

Mi expresión debía guardar el perfume del bosque, sus texturas, sus sensaciones, sus sonidos… todo ese entorno que por vocación se conserva intacto en mi Costa Rica natal.

Los elementos arbóreos se fueron entonces convirtiendo en extensiones de mi cuerpo que evolucionaron en conceptos estrechamente ligados con mi maternidad y las alegrías y temores que el embarazo desarrolló en mí. Los pigmentos naturales, la cabuya, el trabajo lento de la artista que en silencio interpreta la vida que crece dentro de ella misma, la naturaleza que la rodea, su silencioso trabajo en el que estrecha sus lazos con el Universo.

Mientras más me sentaba quieta y despacio trabajaba, como en un rito, uniéndome con la naturaleza, mi expresión iba evolucionando más claramente hacia una síntesis del bosque, de la expresión chamánica de la rama sagrada que fui insertando en urnas que la libraban del paso del tiempo, la hacían eterna, cristalizada en su oración silente.

Teñí entonces las telas reverentemente, con las técnicas ancestrales, agradeciendo el añil, el ocre, el rojo tierra de la sangre que hemos derramado por los siglos y que surge de nuevo de nuestras raíces, con la fuerza del amor. Agradecí el oro, metal sagrado que derramo entre las ramas que se retuercen, fluyen y crecen más allá de mis dedos, hacia el infinito.

El entramado, como los arbustos en la naturaleza, rompió los cristales, emergió de las urnas y flota ahora en el espacio, creando nuevos contextos, laberintos y entradas que tejo con las manos desnudas, como teje la naturaleza el intrincado diseño de sus follajes y los seres humanos las zarzas del miedo, el amor y la muerte
.
Es así como la estructura y el color adquirieron con los años unidad intrínseca, evidenciando la interioridad afectiva con la racional estructurada; mi expresión bebe a sorbos, intuitivamente, de la tradición incaica, del quipus, de los mantos de Paracas, de los textiles en los entierros de brunkas y chorotegas... pero también se empina en la búsqueda de Dios, como en los tapices de Beauvais o Gobelins.

En los Neo-Tapices, como he bautizado mi labor, el tiempo y la memoria, siempre omnipresentes en el proceso creativo, irrumpen en la manipulación de las sogas que cuentan mi historia, la misma historia de la humanidad, germinando, retorciéndose, tiernos brotes que de mis dedos parten hacia el cosmos, con el dolor propio del crecimiento.

Las texturas enfatizadas por las estructuras tridimensionales y el color, establecen el contraste entre la naturaleza y la cultura, entre la razón y las emociones, entre lo concreto y lo espiritual. La solidez del entretejido se contrapone a la transparencia, y antagoniza con el fondo, estableciendo opuestos. El impacto de la forma y color de la obra, vista desde lejos, contrasta con la delicadeza del material, el color y la textura de los nudos, cuando se contempla de cerca.


El proceso y sus componentes

Las piedras, plumas y conchas, con sus largos hilos y nudos, rinden tributo al antiguo arte reservado sólo a las mujeres, de tejer con la paciencia de Penélope, a la espera del regreso de Ulises, alegoría del hombre que partió en busca de sí mismo, pero encandilado perdió su centro, olvidando sus raíces. Y como Penélope, tejo perseverante mi urdimbre con la confianza puesta en que la humanidad regresará un día a casa y será entonces una con el Universo.


© Paulina Ortiz, 2005. Todos los derechos reservados.
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